Confio en las palabras que se tejen dentro de dos tapas que marcan un principio y un final. Confio en un pasadizo que comienza en la claridad y termina en la misma pero en la otra punta. Confio en los arboles que empiezan y terminan como cualquier otra cosa... Salvo en la racionalidad de la tecnica de los numeros y de sus colegas. Pero si hay algo en lo que confio es en el naufragar en la calma de tus huellas cuando me miras... Cuando te encontras en paz y saltas a mi alrededor como cuando un niño esta feliz porque va a ser llevado a la plaza. Si tuvieramos una red para cazar mariposas probablemente se quede enredada en tus cabellos, y una mueca de ese enojo forzado que uno hace cuando quiere provocar complicidad, tartamudea un te quiero, matar pero te quiero te. Trabajando en el cruce de los llantos de aquel bebé que no recibe su alimento o de aquel paracaidista que aún no es tal, puedo entender como es que las caricias de tus manos que van y vienen sin quedarse quietas son como fugaces momentos de calma. Lo siento, siento los errores que se cruzan en las sabanas cálidas de una noche de invierno, lo siento en los silencios de un desacuerdo patético que tensa la cuerda que nos une. Rayadita, rayadito, cristos de criterios que nos desnudan frente a la más patetica miseria del hombre. Pero es bueno tenerte acá para poder buscarte, algunas veces encontrarte, otras veces dejarte pasar, pero siempre a la noche estás para ayudarme a bajar la cortina de las agujas que cancelan un viejo dia que ya fue hoy.
Recito, resucito, resurjo del cráneo de ayer para adorarte hoy, rearmar paulatinamente un castillo que similita a los de naipes pero sin embargo parecen ser grandes placas de hormigón armado, que se sostienen burlando al esfuerzo de compresión que los azota.
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